¿Un último milagro?

Flora se asomó a su espejo de bronce bruñido para comprobar el peinado de moda que se llevaba en Roma. Estaba tan lejos de allí, que las modas y noticias le llegaban siempre tarde. Suspiró. Desde que a su marido Quinto Licinio le habían desplazado a aquella lejana tierra de Judea (Tiberio tenía la culpa), ella intentaba recrear en su hogar aquella villa romana en la Vía Apia. Pero era difícil, aquel clima era completamente opuesto al romano, y ella desesperaba. Además, ese calor seco y asfixiante, aquel sol inmisericorde, aquel polvo que se arremolinaba en los rincones, había terminado por ajar su belleza resplandeciente a pesar de sus 49 años. En aquel espejo, ella se veía con una piel un poco más seca y descuidada, a pesar de los ungüentos egipcios que utilizaba y que compró en el mercado a un comerciante sirio. Le habían costado un dineral, 10 talentos de plata, pero merecía la pena. La diosa Fortuna no había sido clemente. Ella, que venía de la rama terciaria de la Gens Julia, ella tan orgullosa de su linaje, ella que había sido una de las matronas más admiradas, ella a la que acudían sus amigas para pedir consejo, ella que había sido educada para los ambientes patricios... en fin, mejor no recordar. Su belleza juvenil había durado intacta hasta que tuvo que irse a vivir allí, a esa región de bárbaros. Y pesar de que había llorado mucho porque los dioses no habían bendecido su matrimonio, casi se alegraba de no tener que criar a su prole en semejante sitio. Había visitado varios médicos, había hecho sacrificios a los dioses, pero su vientre no había engendrado. Sólo una vez hubo una posibilidad, aproximadamente hacía 33 años, pero finalmente, después de 9 meses de gestación el niño nació muerto. ¡Aún conservaba aquel paño de algodón egipcio con el que arropó a su bebe! ¡Cuántos llantos y lamentos! ¡Cuántas noches sin dormir! ¡Cuántas plegarias! Pero a pesar de que su útero era una tierra estéril, su marido jamás había pensado en abandonarla.

- "¡Livia!" –llamó- "¡Livia! Ven a vestirme, tengo una cita en la domus del prefecto Pilatos."

Livia no aparecía. Estaba ocupada en mirar por la ventana y comentar los últimos sucesos que habían revuelto a la pequeña población de Jerusalén. Un hombre que venía de Nazaret, unos días antes, había sido recibido por la chusma como un rey y ahora lo habían denunciado por alborotador, usurpador del trono de Judea, y además por revolucionario. Livia comentaba con la vecina que había sido apresado y ajusticiado, que los mismos que le habían recibido como rey, ahora lo despreciaban, que iba a ser crucificado, que iba a ser todo un espectáculo, que...bla, bla, bla.

- "¡Livia!, ¡Que vengas de una vez!, ¡Que no tengo tiempo que perder!." "Estos esclavos, como no les des con la vara diariamente en las costillas, no hacen caso alguno. Con lo tiempo que perdí con esta germana para que aprendiera las costumbres y el lenguaje romano".-Pensó.

- "Voy ama, voy!" –contestó Livia.

- "¿Que estabas haciendo? ¿ No ves que llego tarde a comer con el pretor? El amo está allí y no le gusta que llegue tarde. Sobre todo con este jaleo que se ha formado. Mañana es la Pascua Judía y Poncio Pilatos quiere que también se celebre en su casa. Y por supuesto que quiero ir para enterarme de los últimos sucesos de Roma."

- "¡Lo siento señora! Estaba hablando con la esclava de la vecina de asunto ese del Nazareno."

- " ¡Ah, sí!, ¿Me pongo la túnica blanca o la de color azafrán?"

- "Dicen, señora, que ese de Nazaret se cree el rey de los judíos"

- "Creo que me pondré aquel. Me estiliza la figura. ¿Qué decías, Livia?"

- "Que digo, señora, que el Nazareno ese decía ser el rey de los judíos" – dijo Livia mientras le alargaba a su señora el vestido – "Y que su padre era carpintero, y digo yo ¿cómo un hijo de carpintero puede creerse el rey de los judíos".

- "Las sandalias estarán limpias ¿no Livia? Con tanto polvo y arena se ensucia todo. Pues sí Livia, tienes razón. Es una majadería lo que dice ese hombre".

- "Lo han llevado a prefecto para que lo juzgue, que dicen que lo judíos no pueden juzgar ese asunto de ser el rey de los judíos". Continuó Livia.

- "¡Pobre Pilatos!, encima de estar casi desterrado en este infierno de tierra, aún tiene que resolver los asuntos de esta gentuza"

- "Y que además dice que todos los hombres son iguales ante su dios. Me lo ha contado Porcia" –

- "¡Que tontería! Los hombres no pueden ser iguales, cada cual tiene su linaje o no lo tiene, como tú Livia. Vamos comparar mi linaje, por ejemplo, la rama terciaria de la Gens Julia con cualquier otro. ¡Que tiempos aquellos en que se respetaban las normas!"

- "Señora, y lo último que me ha dicho Porcia"- decía Livia en un susurro- "es que ese hombre ha hecho cosas extrañas y portentosas que los judíos llaman milagro y que por eso le llaman el Mesías".

- "¡Livia! ¿Cuántas veces te he dicho que no hagas casos de lo que te diga Porcia? ¿No ves que es una chismosa? ¡Que barbaridad! Decir que hace milagros, comparándose a cualquiera de nuestros dioses."

- "Eso dice también, que es el hijo de su Dios" apostilla Livia.

- "¡Que te calles ya! Con tanta palabrería no me estás poniendo bien el vestido. Los zarcillos de plata están en el cofre. ¡Búscalos y pónmelos!".

- "Si, ama, voy por ellos" –decía Livia alejándose con un mohín despectivo.

Mientras esperaba, Flora pensaba- "¡Qué tiempos estos los que nos toca vivir! ¡Decir que todos somos iguales ante los dioses¡ ¡Ja! Si fuera así, ¿por qué mi cuñada ha parido una caterva de chiquillos y yo si soy igual que ella, no tengo siguiera uno?. Ese hombre definitivamente ha perdido el juicio. Y a los locos no hay que hacerles caso".

-"¡Livia! Que preparen la silla de mano y avisa a los porteadores que tendrán que ir ligeros".

 

Seguía Flora en sus pensamientos mientras dejaba caer unas gotas de mirra, el perfume de las mujeres de los faraones, en el cuello y las manos "Este pueblo, es un pueblo de dementes, de costumbres bárbaras....Un hijo de carpintero hijo de dios.

-"Ama, la silla ya está preparada"

Flora bajó las escaleras y salió a la puerta. Una vez acomodada en la silla se acordó que le faltaba algo

- "Livia, corre, bájame el paño de algodón, aquel que es tan viejo! Hace mucho aire y me voy a despeinar"

- "Señora, ¿aquel paño en que envolvió a su bebé muerto?" dijo Livia sonriendo malévolamente.

- " Si " – contestó Flora -" aunque maldita sea la gracia que haces al recordármelo" -se dijo a sí misma mientras se ponía el velo en la cabeza.

Flora apremió a los porteadores porque se acercaba la hora sexta y partió hacia la casa de prefecto Poncio Pilatos. Cuando estaba a medio camino, los porteadores se pararon. Inquieta, Flora preguntó porque se paraban. Y los porteadores contestaron que había mucha gente y que no se podía pasar. Llegaría tarde a la comida y su marido se enfadaría. Y con razón. Quinto era un hombre excelente, pero extremadamente puntual y ordenado. Flora pidió a los porteadores que se abrieran paso como fuera, pero estos repusieron que era imposible, que la calle estaba atestada de gente y que no había hueco para pasar con la silla.

Una Flora indignada se bajó de la silla y fue caminando hacia la muchedumbre que gritaba y se agolpaba en la calle que cruzaba la calle principal.

- "Si me vieran mis ancestros, yo, de linaje terciario de la Gens Julia, ensuciándome los pies con esta miserable tierra. Si me vieran en Roma., si...."

Y así continuó farfullando, enfadándose cada vez más con lugar, esa gente, ese destino que le había tocado vivir; hasta que se confundió con la gente. Sintió codazos, pisotones, empujones, pero ella siguió terca en cruzar la calle para acceder a la residencia de Pilatos. Cuando pudo acceder a la misma, un cordón de soldados le impedían el paso. Estaba encolerizada y gritó: "¡Soldado, tú no sabes con quien estás hablando!. Soy la mujer del tribuno Quinto Licinio y tengo que acudir a una comida con el prefecto. Así que ¡déjame pasar!." El soldado la miró y le contestó: "Lo siento, pero va a haber una crucifixión y los reos van a pasar por aquí. "¡Que me dejes te digo!" – dijo Flora furiosa.

Mientras discutían acaloradamente el soldado y Flora, por el centro de la calle se aproximaban los reos de muerte. La gente gritaba y aplaudía cada vez más alto y más fuerte.

Flora se giró hacía el griterío pues los reos estaban como a solo unos pasos de ella. Y fue solo un segundo. Flora clavó sus ojos en los de Aquel que la miraba. Fue un rayo de sol que no cegaba, una mirada intensa de fuego que no quemaba, un frío que caldeaba su cuerpo. Y pensó: " Es mi hijo, como aquel que murió hace 33 años."

Conforme el Hombre se iba acercando hacia donde estaba ella, Flora sintió como ese hombre entraba en su mente y le hablaba: "No soy tu hijo, señora. Soy el hijo de Dios, soy el hijo del Hombre. Pero tu hijo, aquel que murió al nacer, disfruta de la gloria de mi Padre. Sé cuánto has sufrido y sufres". Flora estaba paralizada, no entendía como aquel Hombre podía saber lo de su hijo, estaba aterrada al ver lo que le habían hecho a ese Hombre. El delito cometido no podría ser tan grande como el castigo infringido. Las carnes abiertas por mil y un latigazos, la cabeza coronada por una tiara de espinas, los pies y piernas desechos por las piedras de la calle y las patadas, cargado con la cruz que iba a ser su muerte. "No es posible, no es posible tanto dolor"

Al llegar a su altura, el Hombre la miró con los ojos llenos de amor y de sangre que caía de su frente a modo de despedida. Cayó y Flora gritó de dolor. Apenas se incorporó el Hombre cuando Flora sacando fuerzas de su sorpresa, golpeó y apartó al soldado que le impedía el paso. Con un movimiento rápido, se quitó el velo de la cabeza y se plantó delante del Hombre al que le dijo con lágrimas en los ojos: "¡Hijo mío! Deja que te limpie la cara. No sé quien eres, pero no mereces esto, nadie merece esto, nadie...." No pudo terminar, pues los soldados que acompañaban a ese hombre lo incorporaron siguiendo la marcha.

Flora se quedó tirada en la calzada, sentada sobre su bella túnica. No podía moverse pues tal fue la impresión que no hizo movimiento alguno. Y sin saberlo, había puesto en práctica el nuevo mandamiento que ese Hombre predicada: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". Notó que una mano le tocaba el hombro y levantó la mirada. Una mujer de su misma edad, morena, con grandes ojos almendrados marrones le decía: "¡Gracias señora por ayudar y socorrer a mi hijo!" .

Flora contestó: "De nada, no tiene porque darlas, más bien he de dárselas yo a usted señora.....???"

- " María. ¡Adiós!" Y prosiguió su marcha.

La gente seguía gritando alborozada por el espectáculo y se marchaba. Solo quedaba Flora que estaba llorando, estaba sonriendo porque algo en su interior, en su corazón estaba naciendo. Tomó de nuevo su velo, se secó sus lágrimas con él. "La cita" pensó "Poncio Pilatos". Al incorporarse, extendió su velo para luego doblarlo, sabía que estaba manchado de sangre que sería difícil de limpiar, pero al mirarlo, su sorpresa fue mayúscula, estupefacta a ver lo que en su velo estaba impreso: El rostro del Hombre. Su Verus Iconus

Bruscamente giró y siguió la chusma que cantaba, hacía chanzas, bailaba... hasta llegar a un monte, el Gólgota. Pensó "mi marido se va a enfadar, pero esto ha sido un prodigio y él lo entenderá".Tan pronto como llegó, se mezcló con la gente y se ocultó. Pudo ver todo el martirio y sufrimiento a los que estaban sometiendo al Hombre. Rezó a sus dioses por el reo de muerte. Y cuando finalmente, el Hombre expiró y la gente se marchó, vio de nuevo a la mujer María que la miraba con dolor. Pero Flora, le sonrió, porque algo estaba pasando en su interior, una luz, una presencia que no la abandonaría jamás. Por fin, desde la muerte de su hijo, Flora descubrió que había merecido esperar tanto para vivir aquello, para ser una mujer nueva con aquella presencia interior del Nazareno.

Cuando Flora volvió a casa, su marido la estaba esperando. Discutieron, se enfadaron y se reconciliaron. Y pasados 9 meses, de su matrimonio nació una bella niña a la que pusieron de nombre María y Verus Iconus

Siempre hay un último milagro, el que nosotros podemos hacer como Flora, ayudando al que cae; y el que Jesús puede hacer en nosotros: Creer en ÉL.

Fdo. Mª Soledad Suárez Tiemblo

Hermana Fundadora nº 1 de la Cofradía de Cristo Abrazado a la Cruz y de la Verónica.

 

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